ETHAN GARDNER
El sonido del motor rugía con fuerza, pero a mí me parecía lento. Demasiado lento. Como si la carretera se burlara de nosotros, alargándose cruelmente a cada kilómetro. Mis dedos se aferraban con furia al apoyabrazos del auto mientras miraba el GPS. El punto rojo, el maldito punto rojo que señalaba el collar de Liss, no dejaba de moverse. Ash conducía con una precisión aterradora, sin parpadear, sin respirar. Estaba poseído por la furia, por el miedo. Y yo también.
—¿Estás seguro