LISSANDRA
La habitación olía a encierro, a humedad y alcohol… algo que me revolvía el estómago. Había un zumbido constante en mis oídos, como si la sangre no pudiera decidir si correr más rápido o detenerse del todo. Olivia estaba atada a una silla frente a mí, con las muñecas enrojecidas de tanto luchar. Su mirada estaba cargada de pánico, y aun así me intentaba dar fuerza con ella.
—No va a pasarnos nada —me había susurrado hace unos minutos, cuando aún creíamos que esto era un error, un male