TIFFANY GARDNER
Entré a la casa con la sutileza de una ninja.
O eso creía yo.
Cerré la puerta despacio, con el alma conteniendo la sonrisa tonta que aún tenía pegada a los labios.
Mi corazón seguía latiendo como si aún estuviera con él.
Con Oliver.
El aire de la casa estaba en calma.
Todo a oscuras.
Ni un ruido.
Perfecto.
Pero cuando pasé frente al salón, una voz emergió de las sombras:
—¿Y ese beso?
Solté un grito ahogado y me llevé una mano al pecho.
—¡¿Ethan, estás loco?! ¡¿Qué haces ahí sen