El sol de la tarde caía sobre el jardín infantil, bañando de luz los columpios y la fuente central. Erick jugaba como siempre, con su osito colgando de la mano y la capa roja que insistía en usar “porque los superhéroes siempre llevan una”, decía. La educadora lo observaba desde la banca mientras revisaba el celular y miraba a los otros niños jugar a su alrededor. La rutina era la misma de cada día: una hora de juego y una hora de estudios antes de que su madre fuera por él al jardín.
No lo vi