Laurel
Nuestras miradas se mantenían firmes, a la expectativa de la reacción del otro, en una guerra que ninguno estaba dispuesto a perder.
Él continuaba con su mano extendida hacia mí, todo confiado, creyendo que yo iba a sucumbir ante su locura.
Ayayay...
¡Qué chiquillo ni más impertinente!
Di un paso atrás y levanté más la barbilla, con un aire desafiante que mostraba mi autoridad. Entonces lo vi tambalear. De inmediato, el ambiente raro se esfumó y se levantó esa barrera fría que siempre ha