Nevan
El corazón me latía agitado y mis manos temblaban de los nervios. Necesitaba verla, tocarla, besar cada centímetro de su piel, olfatear esa zona que estaba destilando ese dulce aroma, quizás probarla, pero eso la asustaría.
—Ya —me dijo. Percibí el sutil chapoteo del agua cuando Kaia entró y me atreví a abrir los ojos. Ella ya estaba hundida en la espuma que generó el jabón, dejando sus hombros afuera. Entonces noté los tirantes del sostén blanco y me sentí tonto al creer que ella se habí