Zebela
Estaba muy nerviosa. De alguna manera, no me sentía segura y temía que alguien descubriera lo que hice.
—Estás muy aplicada.
—¡Ah! —grité, espantada, y casi salté de la silla—. ¡Me asustaste! —le reclamé a Zael, quien me miró como si me hubiera vuelto loca.
—¿Qué diablos te pasa? Actúas como si hubieras hecho una travesura. ¿Acaso te pusiste a leer una novela en vez de estudiar? —preguntó con tono juguetón mientras movía las cejas de arriba a abajo.
Yo solté todo el aire que había reteni