Ariana no podía creer lo que acababa de suceder. Tocó su labio con temblor, notando la sangre que manchaba su rostro.
El dolor punzante la hizo estremecerse, pero lo que más le dolía no era el golpe físico, sino el golpe al alma.
La mirada de Sergio había sido un reflejo de la brutalidad que él mismo no se atrevía a reconocer, como si todo lo que había sido hasta ese momento se hubiera desmoronado en una fracción de segundo.
Ariana, con manos temblorosas, levantó la vista.
Sus ojos estaban inund