Sergio se acercó lentamente, su mirada fija en Ariana con una intensidad inquietante.
Con un movimiento rápido, abrió la puerta del coche y, sin dudarlo, quitó el cinturón, la liberó, la levantó en sus brazos con una fuerza arrolladora, como si fuera tan ligera como una pluma.
Ariana, débil y agotada, apenas podía comprender lo que sucedía. Sus ojos, grandes y aterrados, reflejaban incredulidad y miedo. ¿Cómo había llegado hasta aquí?
—¡Suéltame! —gritó, forcejeando en vano con todas sus fuerzas