—¡Ariana! —El grito de Sergio desgarró la noche. Su corazón latía con violencia mientras corría hacia ella.
Quiso levantarla, sostenerla entre sus brazos, pero el miedo lo paralizó. ¿Y si la lastimaba más?
—¡Llamen a una maldita ambulancia! —rugió con desesperación, sus ojos oscuros reflejaban puro pánico.
Se arrodilló junto a ella, tembloroso, acariciando su rostro con una ternura que nunca supo demostrar antes.
Ariana estaba pálida, frágil, su pecho subía y bajaba con esfuerzo.
—Por favor, Ariana, no me hagas esto… No te vayas. Te amo, ¿me oyes? Te amo. No puedo perderte así, no así. Perdóname. —Su voz se quebró, las palabras suplicantes escapaban de sus labios, pero en su interior, algo rugía con furia. No podía dejar que lo abandonara.
Los paramédicos llegaron poco después, y Sergio se aferró a ellos.
—¡Voy con ustedes! Soy su esposo. ¡Llévenla al hospital Glenn!
No pidió permiso. Exigió. Ordenó.
***
El hospital olía a desinfectante y muerte contenida. Sergio caminaba de un lado a