El beso fue como una tormenta desatada, una furia insaciable que reclamaba cada rincón de su ser.
Fue ambicioso, exigente, feroz, como si quisiera arrancarle el aliento, como si el tiempo y el espacio ya no existieran.
No importaba que el cuerpo de Ariana temblara por la rabia, ni que su corazón se estuviera rompiendo en pedazos. Sergio no sabía, no sentía el dolor que causaba.
Solo deseaba que ella cediera, que volviera a ser suya.
Ariana no cerró los ojos.
En lugar de rendirse, la imagen de su