Las horas pasaban con una lentitud cruel.
La habitación, oscura y mal ventilada, olía a sudor, miedo y sangre seca.
Los guardias se movían con indiferencia, como si lo que ocurría allí dentro fuera parte de su rutina.
Pero no para ella.
La abogada Martínez apenas podía mantenerse consciente. Tenía el rostro amoratado, la respiración agitada y los labios partidos.
El sudor le corría por las sienes y una pequeña herida en la ceja seguía sangrando con lentitud.
Sergio, con los ojos enrojecidos y la