Lorna intentó detenerlo, pero Sergio la empujó con tal fuerza que casi la derriba.
—¡No me toques! —rugió, los ojos llenos de odio y un dolor que ya no sabía cómo contener—. ¡Esto es tu culpa, Lorna! ¡Tú me condenaste!
Ella se tambaleó hacia atrás, sin atreverse a replicar. Bajó la mirada con el alma hecha trizas.
—Nos condenamos, Sergio... —murmuró apenas, pero él ya no la escuchaba.
Sergio se encerró en su despacho y, cuando la puerta se cerró con estruendo, el silencio que quedó fue aún más a