—¡¿A dónde crees que vas, Ariana?! —bramó Sergio, su voz rompiendo el aire como un trueno en medio de una tormenta.
La alcanzó en un segundo. La tomó con fuerza, alzándola como si fuese su posesión más preciada... o su prisionera más odiada.
Ariana forcejeó, pataleó, gritó. Pero no pudo escapar. Él era más fuerte, más grande, y estaba cegado por una furia irracional que lo volvía imparable.
Lorna observó la escena desde el umbral, paralizada. Maldijo por dentro, sintiendo cómo su plan se desmoro