—¡No, Imanol! —exclamó Marfil, con una súplica desgarradora en la voz—. No quiero que mates a nadie…
Él la miró con los ojos encendidos de rabia contenida, pero al ver la desesperación en su rostro, su expresión se suavizó.
—Marfil, ese hombre te hizo mucho daño… no puedo quedarme de brazos cruzados.
Ella, temblando, dio un paso hacia él y lo abrazó con fuerza. Sus dedos se aferraron a su espalda como si temiera que él desapareciera en medio de su dolor.
—¡Tengo miedo! —confesó, casi en un susur