—¡No, no! ¡Ariana, no!
El grito de Sergio rompió el aire como un disparo.
Fue un lamento primitivo, desgarrado, que heló la sangre de todos los presentes.
Los oficiales, rígidos y tensos, intercambiaron miradas rápidas. Uno de ellos dio un paso al frente, incómodo.
—¿Su esposa…?
—¡Mi esposa iba en el auto de Lorna! —rugió Sergio con los ojos desorbitados. La desesperación le temblaba en cada músculo, la respiración desbocada, animal—. ¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está Ariana?!
El agente bajó la mirada