Ariana abrió la puerta del auto.
Todo dentro de ella gritaba que era una locura. Una locura suicida, desesperada, definitiva.
Tal vez, la peor decisión de su vida.
Pero quedarse quieta, allí, era peor.
Era aceptar su condena, como una oveja esperando el cuchillo. Era entregar su cadáver a Sergio. Quedar a su merced otra vez, incluso muerta.
No.
Saltando ahora, al menos, podía elegir.
Aunque muriera destrozada contra el asfalto, sería su decisión.
Suya.
El corazón le golpeaba el pecho con violen