Ariana luchaba por respirar, cada inhalación se sentía como un esfuerzo inútil. Las manos de Sergio, firmes y desesperadas, la mantenían atrapada.
El aire entre ellos estaba cargado de tensión, de un dolor que ninguno de los dos quería admitir, pero que ambos conocían demasiado bien.
—Me arrepentí, Ariana. No debí haberte dado el derecho a negarte a mí —dijo Sergio, su voz suave, pero cargada de una intensidad que la hizo estremecer.
Como si aquellas palabras pudieran borrar lo irremediable, com