Al día siguiente
Ariana despertó lentamente, un despertar que no estuvo marcado por la calma, sino por una tensión palpable que la envolvía.
La luz del sol, tímida y suave, tocó su rostro pálido, pero ya no se sentía tan frágil como la noche anterior.
Algo en su mirada había cambiado, un reflejo de las decisiones que, aunque temerosa, ya había comenzado a tomar.
La noche le había dado el espacio para pensar, para liberarse de las cadenas invisibles que Sergio había dejado atadas en su corazón.
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