Los ojos de Sergio parecían incendiarse, como si en lugar de pupilas tuviera brasas ardiendo. Si su mirada hubiese sido fuego real, Ariana habría quedado reducida a cenizas.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral, y su instinto primitivo le gritó que corriera, que huyera, pero no lo hizo.
Se mantuvo de pie, erguida, con la mandíbula apretada. El miedo estaba ahí, latiéndole en el pecho como un tambor, pero lo sostuvo con una fuerza nueva que nunca había sentido. Era una fuerza extraña, naci