Días después…
El estruendo de los flashes y los murmullos del público llenaban el aire tenso del tribunal.
La figura de Sergio Torrealba, antes imponente y altiva, lucía irreconocible.
Con la cabeza gacha, los hombros caídos y una palidez que borraba todo rastro de arrogancia, ahora parecía un hombre al borde del abismo.
Sus ojos vacíos no parpadeaban mientras lo escoltaban al estrado. El juicio había comenzado.
Su abogado, uno de los más feroces y caros del país, intentó defenderlo con uñas y d