La mañana era tibia, perfumada por el olor a eucalipto que provenía del jardín trasero del hospital.
Imanol, Marfil y Lynn fueron dados de alta.
Sus cuerpos aún dolían, pero el alma comenzaba a sanar.
Salieron juntos, en silencio, como si las palabras no alcanzaran para nombrar todo lo que habían vivido.
Solo querían llegar a casa, lejos de todo ese lugar que les recordaba sangre, miedo y traición.
Miranda, por decisión propia, se quedó atrás.
Arturo aún no despertaba, pero ella lo haría. Lo esp