Miranda abandonó el hospital al día siguiente, aun sintiendo el cuerpo débil, como si su alma estuviera suspendida en un mar de incertidumbre.
Cada paso le costaba más que el anterior, su mente estaba hecha trizas, desbordada por el caos de pensamientos que la atormentaban.
Sin embargo, su determinación no vacilaba.
Al cruzar las puertas del hospital, el sol le pareció demasiado distante, una luz fría y ajena que no podía alcanzarla. El mundo seguía girando, pero ella se sentía como una sombra,