Marfil se quitó las gafas con lentitud, como si cada movimiento cargara con años de dolor. Su rostro estaba sereno, pero sus ojos —oscuros y húmedos— eran una tormenta al borde de estallar.
Lo miró directamente, sin vacilar.
—Señor… me está confundiendo. Yo no me llamo Ariana —dijo con voz firme, marcada por un acento extranjero que la envolvía como un escudo recién forjado.
Sergio la miró. Por fin, la miró de verdad.
Y su mente, lenta, tardó en aceptar lo que sus ojos ya sabían.
La soltó de inm