El murmullo constante del aeropuerto no era suficiente para opacar el rugido silencioso que se gestaba en el pecho de Miranda. Su respiración se cortó al verlo.
Sergio Torrealba.
Su figura imponente emergía entre la multitud como una sombra indeseada, fuera de lugar, como un mal presagio.
Caminaba a paso firme, con el rostro desencajado, los ojos encendidos de tormenta. La estaba buscando. La estaba olfateando como un animal herido rastrea al culpable de su herida. Como si pudiera oler el miedo