Punto de vista de Ninette
El hospital olía a desinfectante y muerte. Mi cuerpo estaba cubierto de la sangre de Marco, seca ahora en parches oscuros sobre mi piel, pegada como una segunda piel que no quería soltarme. El bebé —mi bebé, el que Celeste había parido con mis óvulos— lloraba suavemente en mis brazos, un llanto que no era de dolor sino de vida insistente. Yo lo mecía sin pensar, con un instinto que surgía de algún lugar profundo que ni toda la mierda de esta familia había podido matar.