Punto de vista de NinetteEl lobby del hotel se congeló en un instante eterno. El teléfono de Marco vibraba en su mano como si tuviera vida propia, y el nombre en la pantalla —Seraphina Valerio— brillaba como un veredicto. Mi respiración se cortó. Las lágrimas que aún me corrían por las mejillas se secaron de golpe, quemándome la piel. Todo el peso de los últimos días —las puertas cerradas, el correo de Patricia, los 340 dólares que se me escapaban entre los dedos— se estrelló contra mí otra vez, pero ahora multiplicado por mil.—¿Seraphina? —murmuró Marco al contestar, y su voz grave, esa misma que me había sostenido hace minutos, sonó tensa, casi rota.Yo me quedé pegada a su pecho, sintiendo cómo su corazón latía tan fuerte como el mío. Sus brazos me rodeaban con fuerza, pero ya no era solo consuelo. Era miedo. Miedo de que todo se desmoronara otra vez. Porque si Seraphina llamaba ahora, justo cuando el mundo entero parecía querer tragarme, no era para darme un abrazo de madre. Era
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