Estaba muerta del hambre, pero el deseo ganaba la partida, ya que descansábamos unos segundos y volvíamos al rin. El deseo ganaba, la necesidad de tenerlo dentro de mi cuerpo venció el cansancio y el hambre. No obstante, ya estaba agotada. Lo abracé contra mi pecho mientras descansamos de una larga y deliciosa sesión de sexo anal, acariciaba mi espalda, mientras yo quería meterme dentro de su piel para fundirme en su pecho.
—Tengo hambre, Diosa, —solté una carcajada—. Mucha hambre, si no como v