Diego acababa de llegar a la oficina tras tres días enteros atrapado en un torbellino de asuntos legales que habían consumido todo su tiempo y energía. Dejó el maletín sobre la mesa y presionó el botón de encendido de su teléfono, que había permanecido totalmente apagado durante días. La pantalla cobró vida al instante, mostrando docenas de notificaciones que entraban en cascada.
Sin prestar atención a las decenas de llamadas de Martín o Arturo, el pulgar de Diego se detuvo justo en la cadena