Diego no respondió. Se quedó inmóvil, dejando que el ardor se extendiera por su mejilla mientras giraba lentamente el rostro para clavar la mirada en Elena.
Sus ojos seguían siendo dos témpanos de hielo.
—¿Ya terminaste? —preguntó él con voz plana. Se limpió la comisura de los labios, donde sentía un leve escozor—. Si es así, termina tu comida. No tengo tiempo para lidiar con más dramas emocionales.
Elena apretó los puños sobre las mantas, con el cuerpo sacudido por una rabia incontenible.
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