Diego se despertó con la cabeza pesada, como si fuera de plomo se tratara. Seguía sentado en su taburete personal de la barra, rodeado de botellas vacías esparcidas por doquier. La luz del sol que se filtraba por las rendijas de las cortinas le lastimaba los ojos.
Alcanzó el teléfono sobre la mesa: las 07:45. Diego se frotó el rostro con brusquedad, tratando de recobrar la lucidez. Debería estar preparándose para la reunión matutina en la oficina, pero su cuerpo se negaba a moverse.
Escuchó p