Durante su jornada en la oficina, la mente de Elena no dejaba de dar vueltas a las palabras de Daniel en el café. Las imágenes de su madre y su suegro se repetían en su cabeza como un eco incesante.
—No puede ser —susurró para sí misma. Se reclinó en la silla, masajeándose el puente de la nariz para aliviar la punzada de dolor que sentía.
De pronto, sus recuerdos viajaron más de una década atrás. Recordó la fastuosa fiesta de cumpleaños de Daniel en la imponente mansión de los Sterling. Por