Martin permanecía inmóvil frente a los monitores del cuarto de seguridad. Las grabaciones de las cámaras mostraban con total nitidez el momento en que Elena subía al taxi. Su expresión era serena, casi gélida, a pesar de saber que aquella situación podía volverse en su contra en cualquier momento.
De pronto, el móvil en el bolsillo de su chaqueta vibró. El nombre de Diego iluminó la pantalla. Martin tomó aire brevemente antes de deslizar el dedo para responder.
—Dígame, señor Diego —dijo con