Diego observó la fotografía durante un largo rato. Su mandíbula se tensó por un instante, pero la furia no estalló. En su lugar, soltó un largo suspiro y dejó el teléfono sobre el escritorio con cierta brusquedad. El golpe seco del dispositivo hizo que Martín, que aguardaba frente a él, se sobresaltara.
Diego recuperó su expresión imperturbable, esa que resultaba imposible de descifrar.
—Señor, ¿debemos ir a buscar a la señora ahora? —preguntó Martín con cautela.
Diego guardó silencio, con