Capítulo 30

​Llegaron a un ático de superlujo en el centro de la ciudad. Al abrirse la puerta, una opulencia fría y asfixiante los recibió. Diego entró primero, pero notó que Elena se había quedado inmóvil justo antes del pasillo que conducía al dormitorio principal.

​Diego se giró para encararla. —¿Pasa algo?

​—¿No sería mejor que tuviéramos habitaciones separadas? —preguntó Elena con un tono gélido.

​Diego guardó silencio un instante, luego acortó la distancia hasta que apenas quedaron unos centímetros e
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