Llegaron a un ático de superlujo en el centro de la ciudad. Al abrirse la puerta, una opulencia fría y asfixiante los recibió. Diego entró primero, pero notó que Elena se había quedado inmóvil justo antes del pasillo que conducía al dormitorio principal.
Diego se giró para encararla. —¿Pasa algo?
—¿No sería mejor que tuviéramos habitaciones separadas? —preguntó Elena con un tono gélido.
Diego guardó silencio un instante, luego acortó la distancia hasta que apenas quedaron unos centímetros e