Elena estaba sentada en el borde de aquella cama inmensa. La voz de Daniel al otro lado de la línea sonaba ronca, como si acabara de perderlo todo.
—¿Elena? ¿Por qué has tardado tanto en contestar?
Elena apretó las sábanas de seda con fuerza. Lanzó una mirada fugaz hacia la puerta cerrada de la habitación. —Daniel, ¿por qué llamas? Sabes que es muy arriesgado.
—Estoy fuera, Elena. En la puerta de la mansión.
Elena se sobresaltó. Se puso en pie de inmediato y caminó a zancadas hacia el gran