Las lámparas de cristal del salón de baile emitían una luz cegadora que rebotaba en todas direcciones. La recepción era de una opulencia abrumadora, mucho más grandiosa que la ceremonia en la catedral del día anterior. Sin embargo, para Elena, aquel espacio inmenso resultaba asfixiante.
Elena ocupaba el asiento de honor, justo al lado de su suegra. De vez en cuando, sus dedos rozaban de forma instintiva la superficie vacía de la mesa, buscando el teléfono que ahora descansaba en el bolsillo d