Ya casi era el final de la tarde cuando Diego seguía sentado detrás de la mesa de trabajo de su taller. La calle estrecha cerca del puerto de Valencia estaba mucho más silenciosa que unas horas antes. La luz anaranjada del atardecer se colaba por el escaparate delantero y dejaba sombras suaves sobre la mesa repleta de retales de cuero, carretes de hilo y herramientas de costura.
Los dedos de Diego se movían por pura costumbre, tirando del hilo encerado a través de los pequeños agujeros de un