El sol ya había desaparecido detrás de las hileras de tejados, dejando un resplandor anaranjado que poco a poco se apagaba con la llegada de la noche.
Diego comenzó a cerrar su taller.
Sentía el cuerpo pesado. Las palmas de sus manos ardían y estaban ásperas después de pasarse el día tirando de hilo encerado y cortando cuero grueso. Aunque ya se había lavado las manos varias veces, el olor a pegamento, tinta y cuero curtido seguía impregnado en sus dedos.
Se giró el hombro con una leve muec