Diego no respondió. Simplemente retrocedió un paso, dejándole espacio a su padre para entrar.
Arturo cruzó el umbral despacio, observando cada rincón del apartamento. Sus ojos recorrieron el viejo ventilador que chirriaba lentamente en el techo, la larga mesa de madera cubierta de retazos de cuero marrón y el sofá individual colocado demasiado cerca de la pequeña cocina. No quedaba ni rastro del lujo que alguna vez acompañó al apellido Montenegro.
Arturo se detuvo frente a la mesa de trabajo