Habían pasado tres meses desde que Elena puso un pie en Lyon. El aire primaveral, cada vez más cálido, le acariciaba la piel mientras caminaba hacia la pequeña oficina de su padre. Elena ya no se sentía extraña ante el aroma del pan recién horneado de la tienda en la esquina ni ante el sonido de las campanas de la iglesia que repicaban puntualmente cada mañana a las nueve.
Dentro de la oficina, Elena dejó su bolso y encendió el portátil de inmediato. Su mesa de trabajo lucía mucho más ordenad