Capítulo 30.

El sonido metálico de la cerradura al cerrarse tras de mí resonó en la habitación, sellando mi regreso a la opulencia carcelaria que una vez había llamado hogar. Mis aposentos, con sus tapices ricamente bordados, los muebles de madera oscura tallada y las sedas suaves de las cortinas, ahora me parecían los adornos de una prisión. La familiaridad de cada objeto solo intensificaba la sensación de encierro.

Mi brazo herido palpitaba con un dolor punzante, la venda toscamente colocada po
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