El castillo de Theros, tan antiguo como el propio linaje que lo habitaba, había resistido asedios, traiciones, incendios y siglos de política venenosa. Pero nada había preparado a sus muros para la llegada del hombre sin nombre.
Fue al anochecer, cuando las sombras ya cubrían los patios y las luces de las torres se encendían una a una. Las puertas de hierro forjado se abrieron sin previo aviso, y la guardia real, aunque lista, no pudo reaccionar. Él llegó escoltado por dos figuras encapuchadas,