Apenas amanecía cuando Leonard convocó a una reunión secreta en el pabellón de entrenamiento, una antigua sala de piedra adyacente a los establos reales. Solo tres personas estaban presentes: él, Violeta y el general Altair, comandante de las tropas de élite del reino. Era un hombre curtido por la guerra, leal a la corona y absolutamente discreto.
—¿Sabes por qué estamos aquí? —preguntó Leonard, cruzado de brazos junto a un tapiz desgastado por el tiempo.
Violeta asintió. Se sentía extrañamente