El salón de mármol blanco donde la reina madre acostumbraba recibir a sus invitados era tan frío como su reputación. Las cortinas permanecían cerradas, como si el sol no tuviera permiso para entrar en ese santuario de poder. Un ligero aroma a flores secas flotaba en el aire, y cada objeto estaba perfectamente alineado, sin una mota de polvo, sin una arruga en las tapicerías. Aquel lugar no permitía el caos. Ni la debilidad.
Lady Violeta Lancaster entró con pasos firmes. Sus manos estaban frías,