El eco de pasos suaves y arrastrados resonaba en las galerías del ala oeste como si el tiempo mismo dudara en avanzar. El príncipe Leonard de Theros, después de varios días de convalecencia, abandonaba su habitación por primera vez. Su andar era lento, casi solemne. Llevaba el cabello algo revuelto, la camisa desabotonada en el cuello y un leve temblor en la mano izquierda que no era del todo fingido. Pero sus ojos… sus ojos estaban más lúcidos que nunca. En ellos no había fiebre ni delirio, so