La madrugada aún no se desvanecía por completo cuando el Príncipe Leonard de Theros irrumpió en el ala norte del castillo, con el rostro desencajado y el cabello desordenado. Había pasado la noche en vela, luego de que un guardia, sin saber que debía mantener la discreción, le informara del ataque a Lady Violeta Lancaster.
—¿Dónde está? —espetó, sin disimular la urgencia.
Una de las damas de compañía, sorprendida por su tono y aspecto, solo señaló con un gesto la sala de resguardo. Leonard no e