La sala de tapices quedó en silencio tras la confesión del príncipe Leonard. La Reina Isolde lo había escuchado todo con el porte imperturbable que la caracterizaba, pero sus ojos no mentían: en ellos se dibujaba el cálculo de alguien que ya tenía otra jugada preparada.
Con elegancia fría, entrelazó sus manos enguantadas y le dijo con voz suave, como si apenas hablara del clima:
—Pues me alegra que hayamos tenido esta conversación, Leonard. Porque tengo noticias que podrían… resolverlo todo.
El