La tormenta persistía como si el cielo mismo se negara a conceder un respiro. Afuera, el viento golpeaba las ventanas con la furia de un dios olvidado, y dentro de la pequeña cabaña, el silencio que vino tras el abrazo se volvió más atronador que cualquier trueno.
Lady Violeta Lancaster no dijo nada cuando el príncipe Leonard de Theros la abrazó para calmar su sobresalto. Su cuerpo se había tensado al principio, rígido como si hubiera tocado fuego, pero luego se permitió respirar en su cercanía