Emma apagó la última lámpara de la sala, dejando que la penumbra envolviera el apartamento. Leonard, aún con la taza de la infusión vacía entre sus manos, se dejó guiar hasta la cama. Emma lo abrazó antes de acostarse, y él, como si temiera que la realidad pudiera desvanecerse si la soltaba, apretó sus brazos alrededor de ella con ternura.
—Duerme tranquilo —susurró ella acariciándole el cabello—. Ya mañana será otro día.
Leonard asintió, aunque en su pecho seguía pesando la nostalgia. Se recos